Nuestra soledad
Yo era Rebecca Buendía
la joven dulce que ondeaba sus vestidos
cuando le enseñabas a bailar,
cuando le dabas clases de música,
cuando le dabas besos de flores
y desbordabas tu arte italiano
al inclinarte ante mi
Era una muchacha vivaz, tan enamorada
que siempre me esmeraba por mostrarte mi calor
Apagaba las velas de la sala
y mientras mi Úrsula (mi familia, el qué dirán)
—Iba por otra de prisa, ya conocía mi maña—
Yo desnudaba mis rodillas,
Y sentada sobre tus piernas, te permitía acariciarlas
mientras te besaba
y tu quedabas absorto
La pasión nos duraba tan poco tiempo y a ti tan poco te
importaba
tu ridícula paciencia, tu llama tan baja
La diferencia en nuestra historia es que
la Rebecca garcíamarquiana no contaba con la llegada
—yo no esperaré a que llegue—
de su hermano de crianza, aquel joven corpulento y tatuado
que la despojaría de su virginidad,
la raptaría y la haría feliz
Aunque a ti Pietro, se te partiera el corazón
tu no contabas con el amor de Amaranta
la que amargaba nuestros destinos
pero yo no imaginaba que llegaría tan lejos
¿Era ella la adicción al trabajo?
No lo creo
¿La rutinaria y detallista y sobria mujer con la que
soñabas?
Qué se yo
Igual, no la elegirás porque sabes que no aceptará tu mano
Es vengativa y te llevará, de repente
a buscar por tu cuenta de la muerte el más corto camino
He decidido tener esperanza
imagino para ti el final deseado
como Aureliano Babilonia, encontrarás
a tu amada desconocida que deja todo por ti
que volverá más allá del mar y las montañas
hasta que juntos abracen la dulzura de la muerte.

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