Lo mío es hacer el amor.

O al menos, contemplar o tener un sexo que se parezca a ello. Pensar en ello es mi vicio, pero no hago demasiado por darle forma. Han habido circunstancias en las que la reflexión ha sido más lenta que la ansiedad: ella rompe la cinta pero yo no recibo el trofeo. Del sexo casual, que yo recuerde, nunca he cosechado enamoramiento a excepción de una vez que cayó en la tierra árida y húmeda y gruesa y fina, tierra loca de la que brotaban flores sin tallo. Era la tierra de una mujer bonita y llena de confusión. Del resto, casi nunca recibo la ternura que entrego. Por eso, solía – y quizá lo continúe haciendo– envolverme entre las sábanas de la autocomplacencia, y todo, para no arrepentirme luego, y para evitar la sensación de haberlo traicionado a él, precisamente a él, o para no caer ni una sola vez en juegos biológicos en formas de antibióticos o pañales. Pese al esfuerzo, no puedo negar que algunas veces lo hice, mirando bien en qué sitio estaba la reja o protegiéndome de la trampa que quizá el cazador ni siquiera sabía dónde había dejado. Y nunca fue un desliz, fue un llamado del cuerpo que hoy agradezco, un llamado de la selva que promete darme libertad siempre que pueda lidiar con los puntos cardinales de sus senderos.    

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