He llegado a casa.
Estoy, pues, en un abismo con escalones de
piedra: en el vacío caigo, me golpeo, vago entre las horas de estupidez al no
hallar el punto fijo. Hastiada, decido tender los huesos y abusar o simular el
disfrute del tiempo que según algunos físicos es más lento en los lugares amplios de soledad cuyo silencio es de aire
tibio y arenoso. Pero no es más lento el tiempo sino más tortuoso; cuando sé
que me queda poco de él para esforzarme e intentar salir de mi nada inmovible,
con ira o con descarado desánimo, tiro la cuerda hacia otra orilla, otro
escalón de piedra, aprieto fuerte –al fin– y me balanceo. Ese es mi diario vivir. Parezco
una bailarina de Pole Dance, pienso,
pero no lo soy, nunca fui buena. El recuerdo de unas sesiones de piel y acero
se atraviesan en mi abandono desértico. Mis brazos son frágiles, me digo, y mi
voluntad un chiste que suelo contar y recontar para hacer reír a aquellos que a
veces visito al alcanzar y explorar las delicias de la superficie, pero que
maquillo de talento y filosofía cuando subo algún cerro para que, aunque no lo
logre, otros recuerden mi nítida silueta en la cima. Pese al espejismo, lo más
terrible para mí es y será, el no desgastar los pies en una montaña hasta
alcanzar los cristales de nieve en la que viven los verdaderos poetas.

Lo reitero, disfruto más con tu prosa que con tus versos. Desarrolla eso más, intenta resistirte a escribir unos largos cuentos o alguna pequeña novela de poliamor que me atrape y no me deje pidiendo más como este texto. Tira la cuerda.
ResponderBorrarNo entiendo porqué dar lugar al tema del poliamor en la observación de un texto que no se relaciona con él, y que además es tan sincero como este. Entiendo bien que no te guste, pero...la cuerda ya la tiré.
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